Por qué los ciberdelincuentes prefieren las criptomonedas.

La falta de una legislación internacional ha convertido a las monedas virtuales en el instrumento favorito de los criminales digitales — especialmente de los grupos dedicados al ransomware.

A la sombra del creciente universo de las criptomonedas se ha desarrollado un mundo paralelo que mueve miles de millones de dólares: el de la ciberdelincuencia. Para muchos, Bitcoin, Ethereum o Tether simbolizan la innovación y la libertad financiera, pero para los hackers y estafadores representan, sobre todo, un medio anónimo y eficaz para obtener beneficios ilícitos.

Según el informe Crypto Crime 2025 de Chainalysis, los ciberdelincuentes movieron en 2024 más de 20.000 millones de dólares en activos digitales en todo el mundo. Los grupos de ransomware — que secuestran redes informáticas y exigen rescates en criptomonedas — desempeñan un papel central. Su preferencia tiene una explicación sencilla: las transacciones son rápidas, globales y, en gran medida, irreversibles.

El caso del grupo Lazarus

Uno de los colectivos más activos es el Lazarus Group, una red de hackers vinculada al régimen de Corea del Norte. Según las Naciones Unidas, solo en 2023 el grupo robó más de 2.000 millones de dólares en ataques a exchanges y plataformas DeFi. De acuerdo con agencias de seguridad internacionales, parte de esos fondos se utiliza para financiar el programa nuclear de Pyongyang.

“Las criptomonedas permiten a los Estados sancionados mover fondos sin pasar por el sistema bancario tradicional”, explica el investigador en ciberseguridad Marcus Campbell. “Eso hace que la aplicación de la ley sea extremadamente difícil.”

Robo digital a gran escala

No solo los hackers son protagonistas; también los empresarios del sector se han convertido en blancos de ataques. Ben Zhou, CEO del exchange Bybit, fue recientemente víctima de un robo masivo de más de 1.500 millones de dólares en tokens, uno de los mayores incidentes en la historia de las criptomonedas.

Zhou advierte que “la mayoría de los ataques comienzan por errores humanos o filtraciones dentro de las propias empresas”. Su experiencia demuestra que incluso las plataformas reguladas siguen siendo vulnerables mientras no exista una normativa internacional sólida.

Casos notorios

La historia del ecosistema cripto está plagada de nombres infames:

  • Sam Bankman-Fried (FTX) – condenado en 2023 por fraude y malversación de miles de millones de dólares en fondos de clientes.
  • Do Kwon (Terra/Luna) – responsable del colapso del ecosistema que hizo desaparecer más de 40.000 millones de dólares.
  • Ruja Ignatova (OneCoin) – la “Crypto Queen”, fugitiva desde 2017 tras su esquema piramidal.
  • Lazarus Group (Corea del Norte) – detrás de múltiples ataques a exchanges, incluidos Coincheck y Axie Infinity.
La tormenta perfecta

Por qué los criminales eligen las criptomonedas? La combinación de rapidez en las transacciones, seudonimato y vacíos legales crea el entorno ideal. Muchos países aún carecen de normativas claras sobre el origen del dinero digital, y las listas de sanciones resultan difíciles de aplicar en un mundo de billeteras descentralizadas.

Además, proliferan los servicios especializados en “lavar” criptomonedas a través de mixers o monedas de privacidad como Monero, lo que hace casi imposible rastrear el destino final de los fondos.

La lucha contra el crimen digital

Aun así, se observan avances. Bajo la presión de Estados Unidos y la Unión Europea, decenas de exchanges se han visto obligados a implementar políticas Know Your Customer (KYC). En América Latina, donde el uso de criptomonedas crece con fuerza, los reguladores también comienzan a endurecer las exigencias.

Según Interpol, el número de operaciones coordinadas contra ciberdelincuentes va en aumento. “Pero sigue siendo un juego del gato y el ratón”, reconoce un portavoz. “Mientras el dinero circule de forma digital y las fronteras no existan, los criminales siempre encontrarán cómo adaptarse.”

La nueva realidad

Mientras la delincuencia tradicional disminuye en el norte de Europa —menos robos, asaltos y atracos—, el cibercrimen se dispara. Hoy puede cometerse desde la mesa de la cocina, armado solo con un ordenador portátil y una conexión a internet.

Las criptomonedas, concebidas originalmente como símbolo de libertad y descentralización, se han convertido inadvertidamente en el combustible de una nueva generación de delincuentes. Y mientras el mundo carezca de normas uniformes, la frontera entre la innovación y el delito seguirá siendo peligrosamente delgada.

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